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Quisiera decir cómo me llamo

León Felipe

Ando buscando hace ya tiempo una autobiografía poemática que sea a la vez corta, exacta y confesional. Corta. Como una cédula, como una ficha, más corta aún, como una tarjeta de visita; como una inscripción en una piedra dura, como una llamada, como un nombre en la sombra. Busco un nombre solamente. Mi verdadero nombre (no mi nombre de pila ni mi nombre de casta), mi nombre legítimo, nacido del vaho de mi sangre, de mis humores y del viejo barro de mis huesos que es el mismo barro primero de la Creación, de donde salen las uñas y las alas; mi nombre escrito con las huellas de mis pies sobre la arena blanda, hasta meterse otra vez en el mar, dejando un eco inextinguible en el viento, delante de mí, y la vieja voz que me persigue, a las espaldas.

Mi nombre auténtico que le ahorre tiempo al psicoanálisis, al confesor, al cronista y al portero del cielo o del infierno. Un rápido expediente para poder decir en seguida ante cualquier sospecha: ésta soy yo. Un nombre nada más, para tirarlo sobre la mesa del Gran Juez, en el último registro del mundo. Mi timbre humano, auténtico y transferible, legítimo y comunal: mi nombre de hoy, de ayer y de mañana, tatuado sobre mi cuerpo palpitante.

Mi nombre humano, tan actual, tan viejo y tan duradero como el quejido y el llanto, para llevarlo colgado orgullosamente del cuello y hacerlo sonar como una esquila en el gran rebaño del mundo y el día del Juicio Final. Un nombre por el que tengo que recibir y por el que tengo que pagar; por el que tengo que responder y por el que tengo que exigir. Nada de “Memorias”. Yo no tengo memoria. Las “memorias” cuentan lo que no cuenta. Mi gran experiencia, mi gran secreto, mi gran pecado, lo que dejo detrás, lo que me espera delante y el color de mi conciencia, creo que caben en las letras escuetas de este nombre.

Hay un gesto en mi cuerpo y un tono en mi voz que lo dirán todo rápidamente como un relámpago en este nombre que busco: de dónde vengo y a dónde voy. Y hay alguien en el universo que espera que yo diga este nombre como una consigna para abrirme la puerta. Mi autobiografía tiene que ser esta consigna. Y a la que tú tienes que responder. Cuando lleguemos a la Gran Puerta, sin documentos ya, y con todos los caminos arrollados bajo el brazo como planos inservibles, diremos todos la misma palabra: Hombre. Pero hablará uno solo: el Poeta. Para éste estamos trabajando todos y cada cual devana sus caminos…y busca su nombre.

Quiero decir quién soy para que tú me respondas quién eres.
Quiero decir lo que soy para afirmar lo que he sido y para prepararme a lo que he de venir a ser.
Mi yo está formado de un barro antiguo, de un pulso urgente y de un resplandor lejano.
Detrás de mí hay unas huellas sucias; delante, el guiño de un relámpago en la sombra y dentro de mi corazón, un deseo rabioso de saber cómo me llamo.

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